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Recuerdos

por Laura R. Carro-Klingholz

 

Me acuerdo de mi infancia y adolescencia, de las desgranadoras de mazorcas hechas con olotes atados.
Después habría una máquina eléctrica ahorradora de trabajo, de peones y, esporádicamente, del
esparcimiento de los nietos del patriarca, entre ellos yo...
No olvido que me trepaba a los árboles de manzana o pera a sacudir las ramas o a cortar éstas
directamente en la huerta de mi abuela, para después juntarlas y regalarlas en la escuela o a los parientes y vecinos...
Rememoro el aroma y el sabor del chacualole hecho con tejocotes, piloncillo, calabaza con sus deliciosas
pepitas, camote y cañas, o el ponche navideño confeccionado por las manos amorosas de mamá y las
recetas de mi abuela paterna, o colectivamente con frutas de la temporada como la guayaba...
Recuerdo las posadas de barrio al aire libre, las piñatas cargadas de jícamas, limas y limones reales,
cañas, cacahuates, y los aguinaldos conteniendo colación, chocolates, frutas secas y las mandarinas, tan
escandalosas por su olor... y, al llegar a Francia primero y a Alemania después, el aprender a preparar las
tartas de y con manzanas locales...
La textura, el color y la forma de las uvas evocan en mi memoria cortinas colgantes de los muros en la
casa de mi abuelo en México, adornos en las degustaciones de bodegas francesas al lado de los viñedos, la
diversidad mundial de uvas adquirible por poco dinero en cualquier época del año en las tiendas de turcos
en Hamburgo, y la única Noche Vieja en la Puerta del Sol madrileña.
En contraste las barritas de sal alemanas me traen recuerdos de cenas navideñas en que la abundancia de
platillos desbordaba la capacidad del gusto, y la decoración escrupulosa daban a la mesa un toque de
fineza y alcurnia ...

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